Juegos Bolivarianos 2022: Y el deporte “se hizo leyenda”

 

Por Wilfrido Franco García – COC – ACORD

Finalizaron los XIX Juegos Bolivarianos en la calurosa ciudad de Valledupar, la ciudad de los reyes, del fuego abrazador y de las poesías convertidas en himnos y canciones

Cualquier adiós parte el alma. Nos tenemos que ir ya, de la capital cesarense. Los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos agonizan, como el recuerdo claro de una tarde de soles abrazada por la penumbra de la nostalgia. Hay que decir adiós a otra aventura que nos llevó a las tierras del norte de Colombia, casi al mayor extremo de todo el Sur de América, cerca de la península de La Guajira. Colombia, como era de esperarse, se quedó con el título general de las justas (tercero en su historial) donde combatió con diez naciones más, que siempre buscaron el oro, la plata y el bronce de un evento que nació para rendirle un homenaje deportivo y constante al caraqueño Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, el que llaman por estos lares, ‘libertador’. Puede ser cierto, puede no ser.

Colombia se impuso en casi todos los deportes, en casi todos los eventos, aunque por ejemplo, en el Remo, disciplina que se cumplió en Chimichagua, concretamente en la Ciénaga de Zapatosa, los nuestros apenas están iniciando un ciclo competitivo. Fue un deporte para chilenos, paraguayos y peruanos, donde la tricolor dio pelea. Seguiremos buscando entre los tesos piragüeros del río de La Magdalena o del brioso Baudó, para encontrar más remeros. Los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos sirvieron a todos los equipos que se hicieron presentes, como plataforma de lanzamiento y preparación para todo el ciclo olímpico que culmina en París 2024. Se puede soñar en grande, muy pocos serán los elegidos, pero a la vuelta de dos años en territorio galo, nos encontraremos con la panacea verdadera de los Juegos Olímpicos.

Al son de los juglares

Francisco El Hombre, Emiliano Zuleta Baquero, Pacho Rada, Lorenzo Morales, ‘Chico’ Bolaño, Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Calixto Ochoa, Luis Enrique ‘El Pollo’ Martínez y Juancho Polo, son los más grandes juglares del folclore vallenato. Tipos ingeniosos y rápidos, que lo mismo podían componer versos y canciones, tocar acordeón y cantar, todo al mismo tiempo y sin darle esperas a la armonía y a la total fantasía. Hombres que edificaron las leyendas de la música que recorre los valles y los ríos del norte y centro de Colombia, de los llanos orientales venezolanos, de los rumbos y mesetas de Centroamérica o de ‘Los Andes’ de Sur América y buscan adentrarse en todo el concierto internacional. Al fin y al cabo, la UNESCO declaró a la música vallenata como “patrimonio inmaterial de la humanidad” y el reconocimiento es mucho más que un acierto.

Acá en Valledupar, la ciudad de la habitación 111 del “Hotel 999”, como el viejo teléfono de la desaparecida compañía Telecom, la música vive en las entrañas del día y en los abrazos ardientes de la noche. La música es la ciudad misma, que te corteja con trazos de enamoramiento y te encandila con los colores morenos de las pieles de sus mujeres altaneras y hermosas. La música en Valledupar es casi todo o un todo que aniquila por mayoría absoluta. Una señora mientras lava la ropa de Nepomuceno o de Gregorio, canta:

“Un verso bien sutil y dirigido, delicado y sensitivo, quisiera componer yo. Le ruego mi señora que comprenda, que no sé si usted se ofenda, pero es mi declaración…”, parece que su amante le dijo formalmente que la amaba y le dedicó el himno de Otto Serge. Lo cierto es que ella parecía muy feliz y su marido todavía no sabe por qué. Un viejo con todos los años de la humanidad, bajo un sombrero alón blanco y café, y a pesar de estar reducido a una silla de ruedas que mueve difícilmente con sus brazos como remos, y acciona a través de un sistema de cadenas y piñones como una antigua bicicleta, ríe con su único diente de oro y cuenta:

“Que lo que ella adoraba, ya está allá arriba en el cielo”. Tal vez su gastada memoria recuerda a su primera novia o a la mamá que alguna vez tuvo por allá en 1948 cuando las balas rompieron el corazón de Gaitán y de Colombia, con la misma violencia que parece consuetudinaria en esta bella nación.

Diomedes Díaz, el filósofo de La Junta en La Guajira, muy cerquitica de Valledupar decía:

“Porque en la vida hay cosas del alma, que valen mucho más que el dinero”. Razones de enamorado o de patrón, porque a los pobres que recorren las calles de aquí y allá, les sobra alma, pero les falta mucho dinero, al menos para lograr sobrevivir. Todo eso hace parte del folklore que hoy dejamos atrás. Los monumentos de la ciudad parecen contarnos las historias y decirnos con el tiempo de las despedidas que el retorno podría darse en cualquier momento.

Los acordeoneros de leyenda como José María Ramos, Rafael Salas, Elberto López, Raúl Martínez, Eliécer Ochoa, Julio Rojas, Orangel Maestre, Egidio Cuadrado, Alberto Villa, Omar Geles, Julián Rojas, Freddy Sierra, Gonzalo “El Cocha” Molina, Álvaro López y Juan David Herrera entre otros, siguen accionando aquellos locuaces aparatos musicales, traídos desde Los Alpes europeos por los lados de Suiza donde vivió el abuelito de ‘Heidi’, la niña tierna de la novela escrita por Johanna Spyri o desde Baviera, en el sur de Alemania. La música y Valledupar, unión indeleble y perpetua.

La fiesta del deporte

Definitivamente, el deporte se hizo leyenda, en estos XIX Juegos Deportivos Bolivarianos. La fiesta y las celebraciones de los colombianos, venezolanos, chilenos y peruanos, se vivieron en cada rincón donde los treinta y tres deportes, que tuvieron 54 eventos diversos, fueron ruidosas, clamorosas y coloridas. Con el lleno total de los nuevos escenarios que le quedaron a la ciudad como real patrimonio, el público respiró deporte y fiesta por más de diez días, en un reconocido esfuerzo del Estado Colombiano, del Comité Olímpico Colombiano y de la alcaldía del señor Mello Castro González. Todos , incluyendo más de 3.000 voluntarios, estuvieron unidos en pos de un certamen que le dio a la ciudad y a la región una severa reactivación económica, y el legado de unos soberbios escenarios que ojalá la ciudadanía y las administraciones venideras, sepan cuidar y mantener.

El técnico de esgrima de Venezuela, Enrique Da Silva lo dijo sabiamente: “En el deporte son más las veces que vas a perder que las dónde vas a ganar, pero siempre habrá que aprender de todas las experiencias de la vida”. Mientras el speaker oficial del novedoso 3 x 3 de baloncesto, capaz de lucir una corbata color canario bajo el ampuloso sol de las tres de la tarde afirmaba por su sonido tridimensional:

“Los deportistas no siempre son vencedores, pero al participar, todos son ganadores. He ahí la diferencia”. Filósofos de la vida, de la eternidad y de las competencias.

Las caras del múltiple campeón colombiano de gimnasia Andrés Felipe Martínez Moreno con sus cinco preseas doradas. De la peruana Inés Lucía Castillo con cuatro medallas de oro en el bádminton. De la chilena Christina Hostetter con dos medallas doradas en remo, de la esgrimista venezolana Elvismar Rodríguez e incluso, aquella medalla en el rincón del olvido para muchos, y que duró más de una semana como la única lograda por la tierna representación de Bolivia, con su karateca Nicolás Fernando Barrón Arispe en la modalidad de Kumite (‘entrelazar las manos’ significa en japonés), sirvieron para movilizar los himnos, las banderas, los pendones, las ceremonias oficiales, las medallas, los peluches de ‘Guatapí’ la mascota oficial de los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos y los aplausos como aves migratorias, cayendo de todas partes. Todo ese colorido y esa fiesta, aún retumba por toda la ciudad.

En el infierno en un traje

Los intensos soles de la tarde que derriten hasta los monumentos de “La María Mulata” (recuerdo mucho a alguien) y aquel de “La pelea de gallos” tan tradicionales acá, nos llevaron a sudar soles en la intensidad de las jornadas para el cubrimiento de estas justas deportivas. Los grados centígrados, a veces cercanos a los cuarenta, nos pusieron a las puertas del infierno. Pero viendo el trabajo y el accionar de Julio César Altamar, un señor de cuarenta años, con piel de trigo y poco cabello, oriundo del barrio ‘Nuevo Horizonte’ de la capital del Cesar, y embutido en ese gigantesco traje de la mascota oficial de los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos, llamada ‘Guatapí’, todo lo que uno se quejara o dijera del calor, era apenas un lamento sin sustento real. Bajo una espesa capa de paño, el hombre era capaz de moverse, ir y venir con unos descomunales zapatos azules, llevar la pesada cabeza del muñeco que representaba a las iguanas de colores, tan tradicionales en esta región; además bailar y prestarse sin chistar ni una vez, para cientos y miles de fotografías con los niños o los padres. Para mí, Altamar, fue el gran héroe de estos Juegos con su labor decididamente social. De verdad que ganarse la vida para algunos, es mucho más que un reto de la ley de gravedad. Impresionante el trabajo de la mascota oficial de XIX Juegos Deportivos Bolivarianos, que fue nombrada en honor al río Guatapurí, donde está la estatua de la leyenda de Diomedes Díaz, que reza así:

“Si un hombre se fotografía al lado de Diomedes, y es soltero, se casará. Si una mujer se sienta en las piernas de la estatua de Diomedes, quedará en embarazo sin duda alguna” o aquella del río y la sirena, que también una señora Evangelina Donoso, me enseñó:

“¡Seño!, báñese en el río para que vuelva. Porque todo aquel que se baña en las aguas del Guatapurí, algún día regresa a Valledupar. No tenga dudas”.

‘Guatapí’, la mascota oficial, fue un homenaje a la diversidad y a la naturaleza que debemos conservar y proteger antes de que el planeta estalle.

Se dice adiós

“Se dice adiós, nunca hasta luego” en otro canto vallenato. La ciudad se apaga lentamente, con escarnio y pereza, y los XIX Juegos Deportivos Bolivarianos se cierran. Bajan sus persianas coloridas, se acaba todo y entonces quedan solamente, las anécdotas y los recuerdos. Nuestra memoria reciclará momentos de eternidad junto a los nuevos amigos, los colegas de profesión y las hermosas mujeres como la pelirroja aquella o Andrea, María Eloísa, Johanna, Carolina, la muchacha Ferrer, Ingrid, Celeste, María José, Elvismar, Valentina y tantas otras. El deporte siempre será una fiesta, es eternidad y vida, y sobre todo, en Valledupar durante todos estos días, “EL DEPORTE SE HIZO LEYENDA”.

Boletín de Prensa Comité Olímpico Colombiano

Foto: Cortesía.

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